
Nuevamente nos encontramos con una ironía. Si uno ve la respuesta de los Gobiernos a nivel mundial, se puede concluir que la mayoría piensan que los precios altos son malas noticias. Esta conclusión se obtiene tan solo con observar las políticas emprendidas: países como Argentina, Marruecos, Egipto, México, China y Ecuador han puesto controles de precios sobre una gran cantidad de alimentos. Otra gran cantidad de países han puesto restricciones o cuotas a la exportación de alimentos para no afectar la “seguridad alimenticia” (India, Vietnam, varios países de Europa del Este). Y finalmente algunos países, como Rusia y Argentina, han puesto los dos tipos de controles (tanto a nivel de mercados internos como de exportaciones). No hay duda de lo que opinan los Gobiernos… pero ¿es realmente tan mala la subida de precios?
Como dijimos, los precios de los commodities durante los últimos 100 años han venido bajando en forma paulatina. Esto ha hecho que la producción agrícola sea cada vez menos rentable, y ha condenado a gran parte de los países agrícolas ha subsistir en mercados poco dinámicos. El efecto a nivel mundial ha sido un empobrecimiento de los campesinos. Ahora, con un aumento de precios de los productos agrícolas, posiblemente los campesinos puedan finalmente volver a tener un negocio rentable, invertir en tecnología, y comenzar a salir adelante. ¿No será esta una segunda oportunidad para la agricultura -y los agricultores- del mundo? Es una reflexión que no hay como despreciar, porque lo que se está haciendo a nivel mundial es justamente limitando esa prosperidad agrícola.
Lamentablemente, las cosas en economía no son tan sencillas de resolver. Si bien la agricultura mundial podría beneficiarse de precios más altos, ¿qué pasará con los consumidores? Ese lado de la ecuación es muy importante, quizás el más importante, porque la oferta no genera automáticamente demanda. Precios más altos implican menor ingreso real para los consumidores y eso significa una disminución en las compras.
Según Gary Becker, premio Nóbel de economía: si los precios de los alimentos suben en un 33%, los estándares de vida en países ricos se reducirían en un 3%, pero en los países muy pobres se reducirían en un 20%.
Si tenemos en cuenta que 1/3 de la población mundial (2.5 billones de personas), están relacionadas con la agricultura, uno podría pensar que la pérdida de bienestar en el consumo se puede compensar ampliamente por el aumento de ingreso de los campesinos; pero no es así. Según un estudio de Gary Becker, premio Nóbel de economía (tomado de la Revista The Economist): si los precios de los alimentos suben en un 33%, los estándares de vida en países ricos se reducirían en un 3%, pero en los países muy pobres se reducirían en un 20%.
Se aprecia que los precios de los alimentos están subiendo a un ritmo del 12% anual en los países en desarrollo, mientras que solo suben al 2% anual en países desarrollados. Ahí es dónde los Gobiernos tienen motivos para estar preocupados, y de hecho todos deberíamos estar preocupados ante estas cifras. Indudablemente algo hay que hacer… pero cuidado, el remedio puede ser peor que la enfermedad.
Una política económica que NO se debería implementar es la siguiente: poner controles de precios en forma indiscriminada, sin base técnica y durante largos períodos. Una medida como esa puede ayudar si se hace en forma controlada, muy limitada y con productos específicos que estén sujetos a una especulación temporal. Si se hace a gran escala, genera desabastecimiento de los mercados, precios aún más altos, y campesinos descontentos porque no logran cubrir sus costos de producción (que siguen subiendo de precio a diferencia de los productos que ellos cultivan). Si al control de precios, se le agrega una política de aumento del Gasto, aumento de subsidios y aumento de salarios, lo que estamos haciendo es echar más leña al fuego, ya que se genera un aumento de la demanda muy alto pero como no hay oferta suficiente la presión sobre los precios puede ser insoportable. Lamentablemente, lo más seguro es que los Gobiernos opten por alguna de estas opciones, porque son políticamente “correctas”.
Un tradeoff inesperado
La generación de incentivos para que la gente cambie la gasolina por biocombustibles, que parecía una medida lógica y solicitada a gritos por muchos grupos ambientalistas, ha generado fuertes distorsiones en los mercados mundiales. Pero el alza inédita en el precio de los commodities no viene solo por la “moda verde”. Hay cambios estructurales en los hábitos de consumo de la población mundial, que gracias a un aumento de la riqueza promedio está demandando productos como la carne y leche que antes no eran parte de su dieta. Además, al tener un mundo más urbano, es necesario alimentar cada vez a más gente que se ha desplazado hacia las ciudades.
Los Gobiernos, posiblemente con la mejor voluntad, han generado políticas que están agravando la situación, ya sea por el lado de los subsidios al maíz y al etanol, o por el lado del control de precios y restricción de exportaciones e importaciones. Muchas de esas medidas deberán ser revisadas si se desea reestablecer ciertos equilibrios. Pero en realidad el fin de la escalada de precios parece lejana. Es posible que debamos acostumbrarnos a un mundo donde el pan de cada día sea más caro, a menos que estemos dispuestos a quitar el pie del acelerador sobre los biocombustibles. Lamentable, porque ese es un tradeoff que muchos que no hubiésemos querido tener…


