
Van diez, y seguimos. ¿Cumpliremos diez más? ¿Deberíamos cumplirlos? Lo cierto es que la dolarización ha sido una de esas extrañas historias de amor y odio, que abundan en el Ecuador: Odiamos a los gringos pero nos encanta venderles rosas, odiamos a Colombia pero nos encanta comprarle electricidad, odiamos el calentamiento global pero nos encanta el petróleo, odiamos a los bancos pero nos encanta que nos presten plata, y por supuesto odiamos a la dolarización pero nos encanta el dólar. LEA MÁS...
Tal como son nuestras empresas o nuestra economía, así es nuestra dolarización. Sobrevive. Sobrevive no gracias al esfuerzo de nuestros políticos sino a pesar de ellos. Va de rumor en rumor, de susto en susto, pero se mantiene. Cuando ya estamos al borde del abismo porque los precios del petróleo se han derrumbado, la economía mundial se recupera, suben los precios y nos salvan. Cuando nuestros vecinos y gran parte del continente se estaban embarcando en TLC´s con Estados Unidos, dejando al Ecuador en muy mala posición competitiva, cambian las fuerzas políticas en EEUU, y los TLC´s quedan paralizados. Cuando parecía que el dólar se fortalecía en forma imparable, afectando el valor de nuestras exportaciones y ampliando el déficit comercial, comienza –contra todo pronóstico- una devaluación.
Así mismo ha sido la dolarización, soportando caídas presidenciales, crisis mundiales, descontentos sociales, y gobiernos populistas. Se mantiene y sobrevive. Pero precisamente en eso está el problema.
En el Ecuador, el debate se ha centrado en cómo hacer que se mantenga la dolarización, cuando debería estar centrado en cómo fortalecerla. O incluso ir más allá, para debatir si ese es el esquema monetario que va a permitir un adecuado desarrollo económico a futuro. Claro, la mayoría de gente sensata entiende que hoy por hoy (y al menos en el futuro cercano), la dolarización sigue siendo el mejor mecanismo para tener estabilidad económica. Es un candado que al menos evita parcialmente el despilfarro de recursos públicos. Pero solo hasta ahí llega la dolarización. Por más que muchos traten de atribuirle milagros económicos, no es más que un esquema monetario. La dolarización no crea empleos, ni genera competitividad, ni atrae capitales al país, ni reduce la pobreza,… Entonces, el debate no debería estar en si se cae o no la dolarización, sino en todo el resto de cosas. Probablemente parte de la estrategia política sea justamente desviar el debate hacia lo primero, lo cual sería un error gigante.
Con lo cual, nos quedamos con la pregunta que planteamos al inicio de este escrito: ¿Cumpliremos diez más?
Mirar muy lejos en la economía ecuatoriana, se convierte en acto de adivinanza, y como no queremos caer en eso, hay que evaluar el futuro de la dolarización en base a lo que conocemos hoy por hoy. Lamentablemente el escenario actual, nos deja mucha incertidumbre. Por ejemplo, se acaba de presentar la proforma presupuestaria para el año 2010, la cual contiene un aumento gigantesco del gasto público, y supuestos francamente “extraños” como que el PIB va a crecer al 6,8% durante el próximo año. Pese a esto, el escenario altamente probable es que la dolarización se mantenga, no porque al actual Gobierno le agrade este esquema, sino debido al alto apoyo de la población; si en algún punto la percepción de los ecuatorianos cambia, el Gobierno buscaría una alternativa, pero ese escenario es totalmente remoto. El peor escenario para el esquema monetario sería algo similar a lo que tuvimos durante el primer trimestre del 2009 (alto gasto combinado con crisis mundial), pero esas condiciones tan adversas no se repetirán durante el próximo año, pues la recesión mundial parece haber tocado fondo, y el mundo se encamina –muy lentamente y con sobresaltos- hacia la recuperación.
Más allá del 2010, la dolarización dependerá casi exclusivamente del equilibrio fiscal. Si el Gobierno insiste en gastar hasta el último dólar de las Reservas, habrá muy poco con qué responder ante una nueva crisis (no lo dude, la habrá). En un esquema monetario rígido como el que tenemos es indispensable ahorrar y tener reservas, no porque eso mantenga la dolarización, sino porque sirve como “embrague” ante las crisis.
En cualquier caso, lo que sí se espera es que durante este periodo Presidencial, el debate entre la dolarización y la desdolarización será una constante. Eso es lo realmente malo y preocupante.
Nuestra fortaleza sigue estando por el lado de la macroeconomía estable gracias lógicamente a la dolarización y a… nada más. Perdemos eso y tendremos, además de un desplome de la economía, un desplome de la competitividad. Pero todo esto no sorprende, porque la competitividad es un proceso de mejora continua en el que hay que hacer los cambios adecuados a diferentes niveles (político, macro, micro,…) y que implica constancia, consistencia y acuerdos. La competitividad no es una definición teórica, es una suma de pequeñas conquistas prácticas que permiten que los mercados funcionen mejor, que las empresas sean más productivas y que los gobiernos se enfoquen en lo que hacen bien. ¿Hemos eliminado las imperfecciones de mercado? ¿Hemos fomentado la competencia para que desaparezcan los monopolios? ¿Hemos profundizado los acuerdos comerciales? ¿Hemos mejorado las aduanas, las certificadoras públicas o la propiedad intelectual? ¿Hemos creado gremios más técnicos, que sean puentes reales entre las empresas, el Gobierno y los consumidores? ¿Hemos creado centros de investigación especializada?
Así que van diez y seguimos. Por lo pronto es lo único que importa, aunque eso no sea lo más importante.
…Y a pesar de esto, seguiremos discutiendo sobre la dolarización…
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